lunes, 11 de agosto de 2014

Historias de verano

A decir verdad, la primera vez que se vieron no ocurrió nada. Se limitaron  a cruzar unas palabras y a bailar un par de canciones, pero había algo en él que hizo que a ella no se le olvidara su cara. Acabó el verano, y con él se archivó esa noche en su memoria como una noche divertida más. Pero lo bueno del verano es que siempre vuelve. Vuelven las noches de terrazas, de salir solo con una chaquetita, de volver a casa a la mañana siguiente con los zapatos en la mano. Vuelven los bailes, y se vuelven a cruzar las sonrisas.

Aunque no sabía qué era, algo había cambiado de un año para otro. Cuando se intentaba escaquear de bailar con un moscón, le veía sonriendo de forma burlona desde lejos, como si hubiera sido cosa suya. La mayoría de sus frases se habían convertido en pequeñas bromas para picarla, y si ella iba a pedirse una copa, en seguida le notaba detrás para poder invitarla. Si la sacaba a bailar, la miraba como si fuera la única mujer a la que mereciera la pena sujetar, y por un momento, daba igual lo que pensaran los demás.

Pero las historias de verano son impredecibles, y con el cambio de viento se volvió a ir. Y aunque no dijo nada, dejó un beso, lo suficiente para que ella no le olvidara durante un ratito más, y para dejar la esperanza de que hay despedidas que no son un adiós, sino un hasta luego.

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