jueves, 24 de julio de 2014

Sacarina.

Hay días en los que es mejor odiar a todo el mundo. Por un solo día, te puedes sentir víctima del karma, de la mala suerte, de lo injusta que es la vida y echar pestes contra todo lo que se ponga por delante, sin importar si es tu jefe fingiendo que no sabía que no te iban a renovar, descubrir que la única persona que ha conseguido volverte loca ha encontrado al amor de su vida (que evidentemente, no eres tú) y que no haya azúcar para echar al café y te tengas que conformar con sacarina, y la puñetera incertidumbre de no saber qué hacer ahora con tu vida.

Es todo culpa de la sacarina, evidentemente. Porque nunca hubo azúcar. Y no se llega muy lejos cuando lo único que te une a una persona es que os volvéis locos el uno al otro. Literalmente. Que cada diez minutos tuvieras ganas de arrancarle la cabeza, pero que no quieras que se vaya. Que supiera qué decir para darle la vuelta a cualquier día. Que los nervios de volverle a ver te dejen temblando. 

Como decía, tengo que comprar azúcar. A lo mejor así mañana mejora el día.

No hay comentarios:

Publicar un comentario