Dices que somos perfectos el uno para el otro. Que pienso demasiado y me cierro puertas por miedo. Me intentas convencer y casi lo consigues, de que podríamos encontrar la felicidad. Te cito, porque te retratas cuando hablas, que la solución a los grandes misterios de la vida es encontrar a alguien que te llene y te haga feliz.
Yo ya te he dicho lo que pienso. Me voy a Filipinas a huir de todo y de todos. A escribir, tejer y explorar. No voy a volver a saber nada de nadie, y no me voy a volver a preocupar. Huir siempre se me dio bien. Engañarme, también.
Las circunstancias me han envasado al vacío, y así no sé operar. En mi mundo sin aire, mi corazón y mi cabeza siguen trabajando como si nada hubiese cambiado. Los engranajes giran y trabajan como si el mundo exterior siguiese vivo conmigo. Como si el mundo no se hubiese parado durante un minuto eterno antes de tirarnos por un precipicio.
Funcionamos. Somos polos opuestos en todo lo que importa e iguales en los defectos. Eres todo lo que me aterra de la vida, lo que siempre he tenido claro que no quiero. A pesar de ello, vuelvo, y vuelvo, y vuelvo. Porque encajamos. Porque cuando me subo a una montaña rusa me agarras desde fuera para que no me caiga.
Me asfixio. Es culpa del plástico del envase. Veo el mundo exterior sin poder tocarlo, y no me llega el aire al pulmón. Las leyes de la física no funcionan aquí. La gravedad es distinta, y a eso le sigue la felicidad. La que me has prometido si dejo de pensar. La que resuelve hasta el misterio del universo al vacío.
Así que me voy a Filipinas. Sin ti, sin él y sin nadie. Porque si tengo que estar aislada en una bolsa, no quiero que me la puedan pinchar.