A decir verdad, la primera vez
que se vieron no ocurrió nada. Se limitaron
a cruzar unas palabras y a bailar un par de canciones, pero había algo
en él que hizo que a ella no se le olvidara su cara. Acabó el verano, y con él
se archivó esa noche en su memoria como una noche divertida más. Pero lo bueno
del verano es que siempre vuelve. Vuelven las noches de terrazas, de salir solo
con una chaquetita, de volver a casa a la mañana siguiente con los zapatos en
la mano. Vuelven los bailes, y se vuelven a cruzar las sonrisas.
Aunque no sabía qué era, algo
había cambiado de un año para otro. Cuando se intentaba escaquear de bailar con
un moscón, le veía sonriendo de forma burlona desde lejos, como si hubiera sido
cosa suya. La mayoría de sus frases se habían convertido en pequeñas bromas
para picarla, y si ella iba a pedirse una copa, en seguida le notaba detrás
para poder invitarla. Si la sacaba a bailar, la miraba como si fuera la única
mujer a la que mereciera la pena sujetar, y por un momento, daba igual lo que
pensaran los demás.
Pero las historias de verano son
impredecibles, y con el cambio de viento se volvió a ir. Y aunque no dijo nada,
dejó un beso, lo suficiente para que ella no le olvidara durante un ratito más,
y para dejar la esperanza de que hay despedidas que no son un adiós, sino un
hasta luego.