A veces me acuerdo de mi única noche de sensatez, aquella en la que decidí que no volvería a verte.
Esa noche me llamaste para que me quedase en un local. Cuando no lo hice, me dijiste que me seguirías hasta hablar conmigo. No te hice caso, y te plantaste en la puerta de mi casa con la amenaza de no irte hasta que hablase contigo. Cuando finalmente bajamos mi enfado y yo, con la certeza de que te habías vuelto loco, y que eso no se podía repetir, me agarraste fuerte, y me dijiste que tenías que verme porque no podías parar de pensar en mí, que sólo sabías que necesitabas verme.
Todavía creo que vas a venir a salvarme. Que cuando quedo con algún amigo que tenemos en común, te van a chivar dónde estamos para que vengas a rescatarme. Porque si todavía no has llegado es porque te has perdido, no has podido, no me encuentras por ningún lado, o estás luchando contra el dragón.
Entonces me acuerdo de esa noche, cuando quisiste verme y no paraste hasta salirte con la tuya, cuando moviste cielo y tierra para saber dónde estaba y venir a buscarme. En ese momento la razón gana la partida, y decido retirarme e irme a casa a dormir. Igual esperar despierta ya no tiene sentido, esta vez sabes llegar y no lo haces, y quizá haya un buen motivo.
Por si acaso, por si algún día me buscas, por si me lees y me quieres encontrar, te cuento un secreto: desde que te conozco, duermo dejando el móvil con sonido.