Me gustas. Me encantas. Pero no. Así no.
Sé que te gusto, pero siempre pasa algo. Nos encontramos de casualidad, tienes mil gestos hacia mí que no les das a las demás, me buscas, me cuidas, y me prometes la luna.
Con esa promesa yo me vuelvo a casa y duermo feliz, con una sonrisa de las que solo se ve en los niños pequeños pequeños. Esa sonrisa es colorear con pastel, al principio de un color intenso y precioso, y se difumina según avanzas. Porque pasan los días, y nunca llegas con la luna.
Pero tienes el don de la oportunidad, y el mismo día que termino de perder la esperanza, nos volvemos a encontrar. Siempre con esa sonrisa y ese beso que yo sé que no les dedicas a las demás. Como un buen caballero, siempre hay un buen motivo para que no me hayas traído la luna, porque un señor como tú nunca me dejaría en la estacada. A mí no. Regresa la sonrisa y con ella...
¿Conoces el cuento de nunca acabar?
Sí
No pregunto si sí o si no, pregunto si conoces el cuento de nunca acabar.
Y así, día tras día, semana tras semana. La sonrisa siempre aparece, sin importar las circunstancias en que nos veamos, pero empieza a haber algo más. Quizá sea la consciencia de que esto ya lo he vivido y que no va a terminar. Que te gusto lo suficiente como para que nunca me quieras dejar ir, pero por lo visto no lo suficiente para reaccionar.
Siempre consigues que me tiemblen las piernas y me ponga roja. A tu alrededor parezco un puñetero personaje de cómic, pero incluso los dibujos podemos ver atisbos de realidad, y empiezo a pensar que ya no aguanto más.
Que me gustas. Me encantas. Pero no. Así no.
Y nos vamos a volver a cruzar, y me voy a volver a casa igual e feliz, pero a estas alturas ya sé lo que hay, y son excusas, y mientras te las creas no será el momento. Porque sí, esas excusas no solo solo son par mí, tú también te las crees, y las necesitas tanto como yo.
Me vas a traer la luna. Sé que lo vas a hacer. Solo espero que cuando lo hagas, yo siga queriendo estar.