viernes, 27 de marzo de 2020

Encerrada en el baúl de las emociones.

Hay gente a la que no le cuesta nada. 

En cambio a mí, tomar decisiones con la cabeza es algo que me cuesta más que levantar un coche a pulso con mis propias manos. Para bien o para mal (normalmente mal) actúo primero y pienso después. Es lo que me ha llevado a las historias más divertida de mi vida. Mis amigas se ríen de mí. Lo llaman "Claradas". Fue durante años motivo de risa en mi grupo de amigas. Es lo que siempre me ha definido. También es lo que me ha roto el corazón una y otra vez.

Todos sabemos que la última vez no me tropecé. Me estrellé contra un muro a cien por hora y no supe gestionar las consecuencias de mis actos. En vez de aprender a gestionar mis emociones, las hice chiquititas y decidí no volver a usarlas nunca más. Total, eso siempre sale bien.

Ha hecho falta una pandemia y que me encierren en mi casa para que me ponga a pensar. Bueno, eso y que alguien me ponga entre la espada y la pared para que tome una decisión. Dicen que no se consiguen resultados distintos si pruebas lo mismo una y otra vez, y yo hoy por primera vez he usado la cabeza. Lo otro, lo que conozco, el instinto solo chilla. Nada coherente: que me quede y disfrute, que huya y no mire atrás, que en realidad todo da igual porque nos vamos a estrellar de todas formas, que todo siempre acaba mal. 

Hoy he tomado una decisión. Ahora toca sentarse y esperar.

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