Sigo sin juntar el valor para escribirte y como ves, solo por aquí me atrevo a hacerlo sin rodeos.
Te sigo echando de menos, y tengo una angustia en el pecho que me dice que podría haber evitado que te fueses. Que había algo que te podía haber dicho para que te quedases, pero sabiendo lo que había, decidí callarme.
Mi propio miedo a perderte ha sido lo que te ha dado ese último empujón. El miedo a oír esas verdades que me habías dicho. Que yo no soy suficiente, que solo fue un juego, o que fui un consuelo para olvidar a otra. Algo que estaba en mi cabeza me impidió hablar contigo. Y ahora, noche tras noche, no me quito la sensación de que si me hubieses visto una última vez te habrías dado cuenta de que era un error: que así sólo nos íbamos a hacer daño los dos.
Reconozco que te he llamado cobarde por no decirme las cosas a la cara, pero mírame a mí, escribiéndote por aquí con la esperanza de que llegue a ti mágicamente y te enteres de todo lo que no te he sabido decir.
Sé que soy ridícula y que todo esto solo son escenarios que ocurren en mi cabeza. Desgraciadamente, eso es lo que queda cuando no reúnes el valor para luchar por lo que de verdad quieres.
Un abrazo muy gordo, de los que hacían pensar que nunca nos podría pasar nada malo, que los que se equivocaban eran los demás.
C.
No hay comentarios:
Publicar un comentario