domingo, 12 de abril de 2020

Hoy de repente la oscuridad.

Ayer cuando nos levantamos era el día perfecto. Hacía sol y calorcito. Uno de esos días que anticipan el verano sin llegar a serlo, de los que abren el apetito y te dejan con ganas de muchísimos más. Después de semanas esperando, discutiendo y dándole vueltas, ayer nos lanzamos. Para mí, pasear con música, sol y buen humor es prácticamente la descripción de un mundo perfecto. Anduve así, un paso tras otro durante un par de horas hasta llegar a mi destino. Al punto intermedio donde por fin nos íbamos a juntar.

¿Alguna vez te has imaginado conocer al protagonista de la novela que estás leyendo? Tú eres eso para mí. No terminas de estar en el mundo real, pero siempre está presente. Tenemos las mismas manías, muchas de ellas tan estúpidas y concretas que parece que alguien hizo una lista antes de escribir una comedia romántica. Somos polos opuestos en otras, permitiéndonos abrir ventanas a conocer puntos de vista que jamás nos habríamos planteado. Cuando te vi, me ocurrió un poco eso: me puse nerviosa, saludé tímidamente y te seguí un poco sin saber muy bien qué decir. Paseamos, hablamos, comimos. También nos abrazamos, besamos e intentamos descubrir qué había pasado durante todo este tiempo en que nos habíamos estado conociendo. Durante unas horas, estuvimos más cerca de lo que habíamos estado durante meses. Teníamos a nuestro alcance todo lo que habíamos querido y sin embargo... faltaba algo. 

Tú lo achacaste a los nervios, yo a que la distopia que estamos viviendo no nos permite portarnos de forma normal. Sin embargo, si teníamos razón, ¿por qué me sentía como si estuviera viviendo una mentira? De repente, parecía que todo eso que había sentido durante meses empezaba a no estar tan claro. El día se empezó a nublar, yo empecé a agobiarme, y tú a perder la paciencia, aunque ninguno de los dos perdimos la sonrisa. Hablamos al llegar a casa y por primera vez, sentí pena. Algo en mi interior me dijo que esto empezaba a terminar, y no tengo pruebas ni razones, pero sentí como si se me hubiera clavado algo dentro que no me deja de molestar.

Me llamaste al despertarte y fue el mejor de los analgésicos. Había estado todo en mi cabeza, quizá seguía todo igual. Sin embargo, te conté que había tenido una pesadilla y no me preguntaste qué había pasado. Tampoco tenías ganas de contarme qué tal avanzaba tu mañana, ni si el libro que estabas leyendo estaba cumpliendo tus expectativas. Hablaste con tu familia, que son lo que más quieres en el mundo y tu fuente inagotable de historias, y también pasaste por el tema como quien cuenta que hoy va a llover. Por primera vez al hablar de futuro, cambiaste de tema.

Racionalmente siempre lo supe. El puente que queríamos construir era imposible de cruzar. Quizá todas las historias que imaginamos juntos solo puedan funcionar en un mundo paralelo. Puede que se haya pinchado nuestra historia de amor envasada al vacío. La diferencia es que hoy todo se ha apagado un poquito, y hoy por primera vez desde que te conozco, quiero llorar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario