Al principio parece un vacío. Da igual lo que hagas, no sientes nada. Empiezas por dormir, que con paz interior se descansa mejor, así que duermes durante horas y horas. Podrías estar así durante días enteros. En ese descanso acabas montando una rutina tan vacía como tú. Te repites un día tras otro, como un disco rallado. Estás pasando a ser el necio que cree que haciendo lo mismo una y otra vez podrá llegar a obtener resultados distintos en algún momento.
De tanta rutina, acabas cayendo en el aburrimiento. Haces todos los días lo mismo y sin saber por qué, lo repites, y sin saber por qué, lo repites, y sin saber por qué, lo repites. Mi abuela decía que sólo se aburren los tontos, y como las abuelas son muy sabias, te buscas un entretenimiento. Empiezas a hacer deporte, que seguro que si te sientes guapa, las cosas van a mejor. No parece que funcione, y rápidamente saltas al siguiente paso: vas de compras. Los vestidos son ideales, pero no te entusiasman como parecen entusiasmar al resto de las niñas.
Las noches también son distintas a como eran antes. Para que bailar sea igual de divertido que antes te hace falta una copa más. Con una más todo se ve mejor, aunque tus amigas digan que está mal. Así puedes dar mil vueltas y reírte hasta llorar. Además, hace que las cosas sean más fáciles. Te quita la timidez para el próximo ligoteo, y con eso parece que las cosas irán mejor. Estarás entretenida un rato.
Te ríes por dentro sólo de pensarlo. ¿Estarás entretenida un rato? ¿Te has oído a ti misma? ¿Qué cojones te pasa? Se te acercan tíos por los que hubieras ido al fin del mundo y ahora sólo te entretienen un rato. No te entiendes a ti misma, y si lo consiguen los demás, a ti no te lo han explicado.
Hasta que de repente un día encaja. Pero encaja ahora porque es cuando has encontrado el roto. No estabas vacía. Estabas apagada. Te habías dejado a ti misma en Stand-by hasta que las cosas se arreglasen. Hasta que llegara un trabajo por arte de magia. Hasta que ese chico al que encantas y que sabes podría hacerte volver al mundo real te decidiera llamar.
Y da igual el tiempo que pasase, no había acabado. Esta vez, UNA VEZ, iba a ir bien. No importaba esperar, podías hacer otras cosas mientras tanto. Como una idiota, te habías quedado en puerto por el que se fue a navegar, hasta que te has convertido en piedra, y eso no se soluciona con alcohol y al bailar.
No le importas. No le gustas ni la mitad de lo que creías, y te lo están poniendo en un cartel con luces de neón.
Cuando decidas espabilar, agáchate y recoge los pedazos, que toca volver a empezar. Otra. Vez. Más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario